19 septiembre 2003

Sonho meu
I
Paro un bebé. Estoy bañada en sangre, sangre coagulada, como si yo hubiese sido, a mi vez, parida recién. Hay algo pútrido. Hedor a menstruación. Hedor a animal muerto.
Me veo bajo una luz extraña, un fondo múltiple (todos los lugares de la Tierra y ningún lugar en realidad). Se que soy yo pero soy un feto gigante, no yo sino un enorme feto inacabado sobre una mesa blancasangrada.


II
Paro, he dicho, un bebé. Sigo embadurnada de coágulos pero soy yo, veo mis manos de siempre tomar al bebé, acercar a mi pecho su cuerpo tibio y sucio. Suave; demasiado blando. Mi brazo amoroso lo acoge. Lo veo, se que lo veo pero desconozco ahora su cara; lo observo, lo enumero. Acaricio su cara, dejando mis dedos sobre su nariz. Índice y pulgar. Pulgar presiona, índice presiona. Con la palma sello la hermosa boca. Siento los coágulos resbalar por su cuerpo y el mío. Algo como lluvia nos lava un poco las caras. Veo sus ojos muy abiertos. Truenan sus huesos, que imaginé líquidos, coágulos de sangre que no se afirmarán. Ese pedazo de carne tierna me ha dejado las manos vacías.

III
Parí y sellé lo parido. Se lavó mi cara de mejillas hacia abajo. Quise desarmar el juguete que me habían regalado. Tomé las partes móviles y las halé. El clic. Una por una, las cinco. Luego, en una cobija de ositos cafés, puse el tronco, el brazo derecho, el brazo izquierdo, la pierna derecha, la pierna izquierda. Sostuve la cabeza un momento, le di muchos besos, porque no le daría más, me despedí y la guardé junto al resto. Tan tierna. Tan perfecta carne. Resguardada en su cobija. Su cobija de ositos cafés. Bajé de la mesa con mi bulto en brazos. No supe más. Dónde quedó mi bultito, no hubo recuerdo. Abrí los ojos y estaba limpia, cubierta con una manta azul rey, en medio de un pastizal devastado. No recordé.

IV
La respuesta es no.

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